
Por Antonio Montero Alcaide
ABC de
Sevilla, 15 de julio de 2009
Memoria
del campo de Requena
El pasado lunes se celebró
el undécimo aniversario de la muerte del escritor
y periodista José María Requena. Autor
de poemarios, novelas, cuentos, y ensayos. En este
artículo se rememora su trayectoria literaria
Hoy me siento muy campo
muy calle vacía esperándome
muy nada a punto de llevarse.
Prefiero no amargarme con nombres
ni con recuerdos ni futuros.
Voy a echar mi alma
a rodar por una ladera,
a ver si alguien la detiene y la besa:
¿Eres tú el alma de José María?
José María Requena (1925-1998)
Semanas antes de su muerte, el 13 de julio de 1998,
entre las sábanas arrugadas por los quebrantos
de la enfermedad, aparecieron estos premonitorios
versos de José María Requena, que se
reproducen tal como fueron escritos y corregidos de
su puño y letra, en un papel que atesora Rosa,
su mujer, a modo de escueto y portentoso testamento
de palabras. Ahí está el campo, y la
muerte, y un cierto estoicismo ... casi el compendio
de la amplia y diversa obra escrita de este escritor
sevillano que es tan merecedor de lectura como postergado
en las quinielas o en la arbitrariedad -que así
suele ser cuando no media la justicia- de los reconocimientos.
Poeta antes o a la vez que narrador, escritor antes
que periodista, José María Requena no
cursó los entonces estudios de Filosofía
y Letras por la voluntad paterna de que se hiciera
abogado, y una carambola del destino, si es que cabe
este nombre incluso para el azar, lo lleva a estudiar
Periodismo a Madrid y, prácticas de por medio,
trabajar durante ocho años en La Gaceta
del Norte (1956-1964), para volver a su tierra
como subdirector y luego director de El Correo
de Andalucía (1964-1978). Desde que abandona
la dirección de esa cabecera y hasta poco antes
de su muerte, sus colaboraciones, literariamente aferradas
a las personas y a las cosas -«Me fijo en
un objeto y escribo sobre él, también
entran personas pero termino cosificándolas»-
aparecieron en las páginas de ABC y,
si me permiten la íntima satisfacción
de haber podido compartirlas con él, así
como algunas tardes dedicadas a las liturgias de la
conversación, en las que era privilegiado celebrante,
y a pesquisas de la escritura tales como el delicado
y preciso ejercicio de colocar una coma. Compartir
la palabra con él, todavía mejor, prestarle
toda la atención y escucharle, era una deleitosa
manera de gozar y aprender porque de su pulcro y esmerado
afán literario ya daba cuenta una dignísima
colección de obras. Seis rotundas novelas:
«El cuajarón» (1972, con
la que obtuvo el Premio Nadal del año 1971),
«Pesebres de caoba» (1982), «Aguas
del sur» (1988), «Las naranjas
de la capital son agrias» (1990), «Los
ojos del caballo» (1991), «Etapa
fin de sueño» (1993); tres resueltos
libros de poemas: «La sangre por las cosas»
(1956), «Gracia pensativa» (1969),
«La vida cuando llueve» (1987);
ensayos sabios: «Gente del toro»
(1969), «Toro mundo» (1990); cuentos
labrados: "La cuesta y otros cuentos»
(1979 "Cuentos de cal y sol" en reedición
de 1990); textos breves, ingeniosos, atravesados de
humor o de dramatismo, en el ya póstumo «La
soledad repartida» (2000); una singular,
desconocida y también póstuma obra teatral,
"Se apagaron las arañas»
(2004); y otros textos inéditos completan este
espléndido catálogo requeniano que el
Ayuntamiento de Carmona, su ciudad, tuvo el acierto
de reunir en tres cuidados tomos (1999, 2000, 2002)
de sus «Obras completas», con edición
de Miguel Ángel Acosta. Pues bien, el campo,
de una manera u otra, es texto y contexto de la escritura,
del imaginario y de la más cierta biografía
de Requena.
El campo y sus gentes, ya los linajes de espuelas
altaneras, ya las humildes servidumbres de las gañanías,
ya los laberintos cruzados del amor y del deseo que
no son la misma cosa, ni una siempre lleva a la otra,
ya las faenas que ordenan el calendario de los soles
y las luces de los crepúsculos, ya la deliciosa
constancia de un momento, ya el magistral acomodo
del carácter, las maneras y la presencia de
los personajes... Ahí llevan una muestra, tomada
de «Pesebres de caoba»:
Al atardecer, cuando el campo huele a estiércol,
a guiso de tagarninas y garbanzos, a montón
de retamas que se queman, llegan los gañanes
con los mulos hasta las inmediaciones encharcadas
del abrevadero, y, mientras las bestias se quitan
la sed, se vuelven pensativos y zambullen los ojos
en los panoramas como soñados que la verdina
forma por los fondos del agua. Únicamente
rompen el silencio los ruidos de las herraduras
sobre las piedras mojadas y los zamarreos de los
cuellos y orejas con que las caballerías
se sacuden la tabarra machacona de los moscardones.
Aunque tenga más que apagada la sed, repite
el mulero corno una ceremonia el ponerse debajo
del chorro grueso del pilar, del todo abierta la
boca al burbujeo del agua que se le va barbilla
abajo, para recalar entre borbotones en el matorral
moreno del pecho. Después, regresa de nuevo
a su silencioso mirar el agua a lo hondo, igual
que si buscara en ella las extrañas explicaciones
que debe de haber para tantísimas cosas.
Y este homenaje de versos, dedicados a El viejo gañán
muerto, escrito por José María Requena
a sus veintisiete años y que ahora también
viene en su memoria cuando hubiera cumplido ochenta
y cuatro:
Enarbolando callos y sudores
poniendo barro seco en los oídos
y anunciando un refrán en cada arruga,
ha llegado a postura resignada
de puñado de tierra sobre mármol
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